27 mar. 2013

2000 KM a Bolivia. 3ra Parte. Isla del Sol y regreso a Argentina

Había que volver a escribir, esta vez para  terminar el relato de este viaje a Bolivia que protagonicé en enero de este año y que seguramente vienen siguiendo desde las entradas anteriores.
*Primera Parte: Quebrada de Humahuaca

A modo se síntesis: salimos desde Catamarca, recorrimos la Quebrada de Humahuaca, luego cruzamos el puente fronterizo que separa la argentina ciudad de La Quiaca con la boliviana ciudad de Villazón, desde allí nos tomamos un bus con destino a La Paz y tras unos días en la capital boliviana, llegamos a la ciudad ribereña de Copacabana con costas en el Lago Titicaca y; aunque por un momento creímos que habíamos llegado a destino, una de esas "agencias de viaje" que visten la principalísima Calle 6 de Agosto nos convenció con seguir un poquito más allá. Más precisamente a la casa de Viracocha, el creador del mundo y la humanidad para los incas.

La Isla del Sol queda aproximadamente a 2 horas de la ciudad de Copacabana, es la isla más grande del Lago Titicaca y tiene una gran significación cultural debido a que, según la mitología, fue allí desde donde Mama Ocllo y Manco Cápac (equivalentes a Adán y Eva) salieron a fundar el imperio incaico que claramente se asentó no muy lejos de aquí, en la hoy actual ciudad de Cuzco (Perú)
La isla se divide en dos comunidades: Yumani al sur y Challapampa al norte, ambas comunicadas por un sendero perteneciente al Qhapaq Ñan (Camino del Inca) construido por el imperio, hoy constituido como el principal circuito turístico de la Isla.

Para llegar hasta allí, compramos un tour que incluía una primera visita guiada por la comunidad de Challapampa, un extenso trekking hasta las ruinas incas de Chinkana, y una posterior visita a la cumunidad de Yumani al sur. 
Salimos de Copacabana a las 8:30 con una temperatura que no superaba los 7 grados, atravesamos el Titicaca en la parte superior de un catamarán con la "grandiosa" idea de tener una vista privilegiada del lago y de los islotes aledaños. Sin embargo, la llovizna y el frío no se hicieron esperar. 
Viajamos escarchados durante dos horas tomando mate (para contrarrestar la ventolera helada), sirviendo de cebadores oficiales del resto de argentinos que nos acompañaban en el recorrido. Mientras tanto los europeos que completaban el contingente, claramente presumían que de la guampa extraíamos  algún tipo de droga alucinógena, por lo que no dudaban en mostrarse curiosos y reticentes a hacer un sorbo.

Llegamos a Challapampa e increíblemente la isla le hizo honor a su nombre y nos recibió con un sol parecido al de Catamarca, mas no hacía calor pero por momentos pegaba fuerte (nosotros agradecidos)
Challapampa es una comunidad aymara que vive principalmente de la agricultura, por ello el paisaje deslumbra con terrazas de cultivo construidas y utilizadas por los incas hace más de cinco siglos. El paisaje se completa con casitas de adobe y piedra desperdigadas por la pendiente y unos panoramas impresionantes del Lago Titicaca con sus playas arenosas y sus muelles salitrosos; asimismo el camino del inca amurallado en perfectas condiciones dejándonos transitarlo.
A orillas del lago, Challapampa ofrece restaurantes, un museo de interpretación aborígen y eco-lodges muy pintorescos pese a que el viajero gasolero prefiere levantar su carpa en las blancas arenas de la playa.






























































       (Salida de Copacabana, Lago Titicaca y llegada a la Isla del Sol, comunidad de Challapampa)

El guía turístico, que por cierto es originario de la Isla del Sol, nos llevó por sobre el Qhapaq Ñan hasta las Ruinas de Chinkana o también conocido como el "Laberinto de Chinkana", que fueran en su momento el punto de encuentro de los sumos sacerdotes incas. Actualmente se manifiestan como una muestra única del tipo de construcción laberíntica en el mundo
Cerca de Chinkana se encuentra la "Roca Sagrada" de donde salieron Mama Ocllo y Manco Cápac a fundar el Imperio Inca. 
También muy cerca de aquí se avizora la "Mesa Sagrada de la Chinkana", un altar de sacrificio inca en ofrenda a la Pachamama. 

En todo este trayecto uno no tiene otra alternativa más que sentirse parte de la historia natural de la América precolombina, arrebatada por los españoles en 1533, y volar con las leyendas trazadas a lo largo de los siglos en torno a la civilización más importante e influyente del continente. Civilización que extendió su cultura a lo largo de la Cordillera de los Andes y que sin más, llegó también a materializarse y arraigarse en nuestra provincia de Catamarca en donde muchas veces soslayamos su importancia. 
La Isla del Sol, fue sin duda, el destino perfecto para terminar el viaje. Las riberas de Puno (Perú) vistas desde la Chinkana nos acercaban más todavía al corazón del Imperio Incaico; pero sentimos que llegar allí debía ser parte de otra historia viajera. 

Quisimos quedarnos esta vez con la Bolivia sumisa que guarda la misma historia del Machu Picchu e incluso la de nuestro NOA pero que lamentablemente se entierra bajo los índices de pobreza y desigualdad socio-cultural del país, la xenofobia instalada en Argentina y en muchos otros países latinoamericanos, las disputas territoriales con Chile, las acusaciones de narcotráfico, entre otros etcéteras. 
La Isla nos dejó el sol en las caras, nos mostró que no hace falta tener hospitales cuando las enfermedades pueden curarse con las hierbas que crecen entre las piedras, que no hace falta tener salida al mar para mojarse las patas en la playa, que mientras que en el Atlántico Sur se pasean los cruceros exclusivos y los buques nucleares, allá en El Alto navegan gigantes de junco y totora... que hace falta salir a la América del Sur





                                                              Costa de Puno (Perú) 

                                                                    Roca Sagrada 



                                                               



                                                                Ruinas de Chincana 











                                                     Mesa Sagrada de la Chincana 

                                               Barco de Totora navegando el Titicaca 

                                           Comunidad de Yumani (Parte sur de la Isla del Sol) 





        (Postales de las Ruinas de Chincana, la Comunidad de Yumani y vuelta a Copacabana)

"Volver" es una palabra difícil para el viajero. No obstante, en palabras de Carlos Gardel, "el viajero que huye tarde o temprano detiene su andar" y así tiene que ser. 
La satisfacción de viajar y de hacer turismo no tiene mayor grado que cuando se vuelve a casa. Uno dimensiona los kilómetros recorridos con otra claridad, se enumeran las anécdotas con cada foto que se "hojea", con todos y cada uno de los "recuerditos" que se ponen sobre la repisa... volver no siempre es lo peor que nos puede pasar. Sin embargo esta vez nos tocaba volver con pocas ganas, con poca plata, con poco todo.

Salimos una mañana desnublada de Copacabana en el primer colectivo que se nos cruzó, llegamos a La Paz y nos dirigimos a la terminal de buses. Los precios consultados una semana atrás ya habían aumentado y de a poco entrábamos en default. Partimos a Oruro, ciudad que en la ida no habíamos visitado y que ahora nos recibía lluviosa e inundada (para variar)
En la terminal conseguimos pasaje para Uyuni primero a unos $30 bob. y en dos minutos a $10 bob. más...
Una vez en el colectivo nos preparábamos para "El viaje de la muerte". Estábamos en presencia de la "peor temporada de lluvias de los últimos tiempos" en Bolivia (así titulaban algunos diarios y radios lo que estaba aconteciendo)
Para ser un poco gráfico, las ya de por sí muy precarias rutas bolivianas estaban literalmente hechas pedazos, inundadas completamente y los ya de por sí muy precarios colectivos bolivianos se destartalaban con cada intento de avanzar entre la creciente, los pozos y los pedazos de ruta que quedaban sin desintegrarse.
Para ser sincero, temí por mi vida y porque la premisa de mis padres, "No vayas, mirá si te pasa algo", se cumpliera. Sobre todo cuando después de varias horas el panorama era el mismo, el micro no detenía su marcha y las primeras luces del amanecer nos dejaban ver colectivos como el nuestro... dados vuelta.

Milagrosamente llegamos a Uyuni, pero el panorama no era mejor. Las lluvias no cedían, el termómetro público estaba clavado en cuatro grados de sensación térmica y las iglesias no abrían sus puertas para refugiarnos. Alojarnos en un hostal era un ansiado deseo pero en los bolsillos sólo nos quedaba la plata necesaria para cubrir el gasto del tren a Villazón, que por cierto ese día no salió.
Los dos colectivos que cubrían el trayecto debían primero subir hasta Potosí y luego tomar una ruta alternativa, ya que la tradicional estaba inhabilitada. En consecuencia, los pasajes salían mucho más caros y nosotros no teníamos para pagarlos.
En el punto medio entre la incertidumbre y la resignación, resolvimos resguardarnos en una garita, pusimos un sombrero en medio de la calle y le cantamos y guitarreamos al pueblo de Uyuni para que nos ayudara a volver a nuestro país. La sorpresa fue que juntamos no sólo la plata para pagar el boleto, sino también para almorzar, para "especular" con una visita al Salar más grande de Sudamérica que está a un par de kilómetros de allí (que no pudimos finalmente) y para desayunar en el mercado de Villazón antes de cruzar a Argentina. Emocionante.


                                                          (Gentilieza: Marcelo Palacios)











     (Postales de Uyuni y el desayunador en el mercado de Villazón ya a unos pasos de Argentina)

Bajando por la misma calle por la que habíamos ingresado, nos alejábamos de Bolivia en un silencio que nos invitaba a la reflexión; nos íbamos de ese mundo subdesarrollado del que sabíamos poco y aprendimos mucho.

En La Quiaca saqueamos los cajeros y, no conformes con los 2000 km recorridos, compramos pasaje directo a la ciudad de  Salta para seguir andando
Mientras la Quebrada presumía nuevamente sus cerros pincelados en distintos tonos, reflexionaba sobre lo distinta que se veía Argentina con respecto a Bolivia, aunque no me crean el contraste es alevoso. Argentina se veía mucho más próspera, aún en una de las provincias más pobres del NOA.  




(Ingreso a Argentina y la Paleta del Pintor de Maimará desde la Ruta 9, Quebrada de Humahuaca)

Más allá, en la terminal de Humahuaca, desde la ventanilla observé bajar varios contingentes de mochileros que seguramente emprenderían un viaje parecido al nuestro, me dio nostalgia.

Salta
Salta es junto a San Miguel de Tucumán la ciudad más importante del Norte Argentino. Un modelo turístico a seguir de la región que supo combinar su historia colonial -realzada en su arquitectura- con la modernidad. 
Su organización, limpieza y calidez se traducen en calidad de vida y en una propuesta turística con muy pocas probabilidades de dejar insatisfechos a sus visitantes.
Una vez allí, nos alojamos en el camping y balneario municipal Carlos Xamena, extraordinario en su cuidado y accesibilidad. 
Recorrimos el centro histórico, conociendo sus edificios más emblemáticos perfectamente conservados e iluminados; subimos al Cerro San Bernardo y apreciamos desde una perspectiva inmejorable todo el trazado de la ciudad; también visitamos el Monumento a Güemes, ex gobernador de Salta y personaje sobresaliente en las guerras de la Independencia; las peatonales y mercados regionales, etc.




                                                           Camping Carlos Xamena


                                                          Centro Histórico de Salta 














                                          Vista de la ciudad de Salta desde el Cerro San Bernardo 







                                                                Teleférico de Salta 







                                                              Monumento a Güemes 



                                                            Interior de la Catedral de Salta


                                                                       Hotel Colonial 




                                                      Recovas de la ciudad de Salta

Pileta, asado, cerveza "Salta" (¿cómo no?), hermosas mujeres... ¿Qué mas se podía pedir?

Aquí concluye esta historia de 20 días atravesando el norte argentino y la ciudad más alta del mundo para llegar al Lago Titicaca e impregnarse con la historia del Incanato, de los pueblos que existen, que aunque olvidados nos esperan, que aunque subestimados nos sorprenden.
Una experiencia inolvidable que sin dudas será el preludio de un nuevo viaje por Latinoamérica.

Agradezco a todos los que siguieron las entradas anteriores, que se tomaron el tiempo de leer los distintos relatos para que tantas palabras no estén aquí al vicio. 

Texto y fotos: Gustavo Plaza
Se agradece usar las fotos sin alteraciones, sin uso lucrativo y respetando el nombre del autor. De lo contrario, escribir a gust-p@hotmail.com

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