5 ene. 2015

Se es lo que se viaja

Cuando uno aveza viajar durante los recesos vacacionales de comienzo de año, así sea a un páramo a treinta km, no hay más alternativa que empacharse, de esa forma el cuerpo y la mente aguantan hasta el próximo cese. Incluso me animo a decir, con el mismo criterio con el que un viejo proverbio afirma que uno es lo que come, que uno es lo que viaja... o acaso ¿la comida modula nuestras emociones y capacidades más que un buen viaje? 

Lo cierto es que a veces las cosas no se dan como uno quisiera y toca quedarse en casa, por ende sabemos que un año con poco movimiento puede repercutir negativamente en todos los estados posibles de conciencia: la rutina desalienta más temprano de lo que acostumbra, uno no se siente conforme donde está y en los momentos de mayor insatisfacción no se vacila a la hora de pegar la huida. 

En ese momento reflexionás que aunque pasó bastante tiempo desde tu último gran viaje y las circunstancias no son tan distintas a como creías que serían -todavía no te recibiste, no fuiste al mundial y aún menos el motorhome espera expectante en el garage- te querés ir tan lejos y la alcancía está tan liviana que ya te visualizás desempolvando la carpa y cosiendo la bolsa de dormir. No hay más vueltas, al parecer un nuevo éxodo con la mochila a cuestas se hace inminente. Pero fuera de la simplicidad que muchas veces se le adjudica al mochilero por su estilo de abrirse al mundo, no quepan dudas que es una tarea que requiere de una buena planificación o de por lo menos hacerse tres preguntas: Dónde, cómo y por qué.

Ocurre que las ganas de irse te hacen olvidar hacia donde y, aún cuando la idea de hacer camino al andar es seductora, tener un destino-objetivo definido alienta mucho más la decisión. Siempre está el beneficio de la fortuidad, para los aventureros, y que en el transcurso otros caminos te lleven a vivir experiencias no programadas.

Ocurre también que a veces olvidamos que para viajar hay que hurgar bien los bolsillos. La plata y el tiempo para conseguirla y para gastarla son otras cuestiones que afortunadamente te hacen poner los pies sobre la tierra, o al menos es así para los que los libros nos han vuelto menos improvisados. 
Para mi es inevitable armar un itinerario, consultar tarifas y armar un presupuesto; principalmente porque me ayuda a menguar la incertidumbre. Estimar la cantidad de plata que necesitarías te lleva indefectiblemente a las cientos de formas de conseguirla; desde vender cosas en desuso hasta dejar de fumar (para ahorrar), hacer un bono contribución o solicitar la ISIC para acceder a grandes descuentos. Lo más probable, de todas formas, es que en algún momento del viaje sospeches que entraste en default sin darte cuenta.

Los que están más curtidos y que por lo general se van sin fecha de regreso autogestionan sus viajes: los artesanos, los músicos, los malabaristas, los artistas escénicos, los "lavacopas" son una clásica postal de cualquier destino y son los que sin dudas despiertan mi mayor admiración, no sólo porque eventualmente en alguna esquina de Bolivia saqué el cancionero e imposté la voz para juntar un par de monedas sino porque descubro en ellos ese frenesí por la mochila y los caminos que es difícil de describir. También admiro a los "freelancer" o  "nómadas digitales", aquellos que se fueron, dejaron todo, aprendieron a trabajar viajando, se buscaron, se encontraron y quizás, y solo quizás, sientan la necesidad de parar algún día.
Mientras tanto a los que recién sobrepasamos algunas fronteras nos queda seguir ahorrando para seguir sobrepasándolas. Aún nos atan algunas cosas a las patas de nuestros pequeños universos de comodidades y es difícil tomar la decisión de vivir viajando que seguramente es muy distinto a vivir de vacaciones.
Vivir viajando
Ciertamente hay una serie de razones para elegir un destino de entre tantos, pero no son más que excusas para moverse. Lo realmente difícil es decidir viajar antes que hacer otras cosas y saber por qué...
Hay quienes dicen que viajar es una buena forma de descubrirse a uno mismo, y entiendo que estando lejos uno se da cuenta de sus verdaderas capacidades y limitaciones. Sin embargo, los recién iniciados tenemos los privilegios (o desventajas) de los que se van pero vuelven: los miedos no son tan grandes y las decisiones no son tan determinantes.

Cada viaje, por más remoto e inhóspito sea el destino, es una gran fuente de aprendizaje. Por ejemplo: con el tiempo he aprendido a no caer en la comparación (grave error) Alguien me dijo alguna vez que parangonar lugares es el peor pecado del mediocre y no lo asimilé hasta que me crucé con unos cuantos boludos.
He aprendido también a tomarme el tiempo para charlar con algún coterráneo o coterránea, identificar a aquellos seres que saben más de sus pueblos que los propios archivos históricos, "los informantes claves, chiquito" diría una gran profesora (sin ellos sabríamos demasiado poco sobre los lugares que visitamos) 
Los viajes te plantan en aquellas situaciones en las que jamás pensaste ibas a estar y sin duda son una forma de eliminar viejas barreras y prejuicios; como cuando con un par de amigos nos tuvimos que comer el sobrante de las mesas aledañas para llenarnos la panza.
En resumidas cuentas ese aprendizaje tiene que ver con las ideas que evolucionan y las habilidades que por suerte no son fungibles y quedan para siempre.  Está comprobado que relacionarse social e interculturalmente durante el viaje proporciona destrezas que en algún momento resultarán indispensables para el desarrollo profesional de cualquier disciplina y de la vida misma. 
Si uno se pone a pensar: hace centurias viajar era la mejor forma de convertirse en un erudito o de alcanzar una buena posición social, incluso los grandes descubrimientos de la historia del mundo se han hecho viajando.
Imagino a Colón abalanzándose hacia su sueño de descubrir un nuevo mundo o al mismo Marco Polo que fuera su inspiración y la de muchos otros exploradores, y entiendo que la misma pasión sigue moviendo al ser humano a pesar de tantos siglos de aciertos y fracasos. Ir para encontrarse con algo diferente y mejorar. 

Porque en definitiva, como habría dicho Henry Miller alguna vez, "nuestro destino de viaje nunca es un lugar sino una nueva forma de ver las cosas".

Texto y fotos: Gustavo Plaza

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